miércoles, 12 de mayo de 2021

10. Había otra vez


La imagen se desenfocaba mientras el camarógrafo corría para fijar en su foco un bulto que caía desde un vehículo policial. Lo que caía era un joven torturado. Confundido relataba la violencia que había sido impresa en su cuerpo, golpes de manos y armas, amenazas y el trauma de la experiencia rebotando en un eco terrible que retrotraía el tiempo al pasado Se escuchaba en la pronunciación del joven torturado mientras era socorrido por manifestantes: esto lo había leído, lo que había leído y escuchado sobre la dictadura. La escena fue grabada entre las muchas prácticas represivas de los agentes del Estado, registradas por manifestantes y medios de comunicación que participaban de las jornadas de protesta del último trimestre del año 2019. Se trata de imágenes zigzagueantes, sin aplomo, tomadas resistiendo lacrimógenas, disparos de balines, pillajes de piquetes de fuerzas especiales y aguas tóxicas dejando espuma sobre las superficies que impactaban. Son imágenes improvisadas, rápidas, para denunciar, para registrar el nombre y el número de identificación del reprimido, para circular por las redes sociales virtuales buscando llegar al mayor número de audiencia, extendiendo testigos de la violencia policial para contener y reprimir las multitudes que se levantaron en protesta desde el 18 de octubre del año 2019.
En las palabras y el cuerpo del torturado está contenida la trayectoria del tiempo en un instante. Son extremos que coinciden, son limites en un relato que se pliegan impactando uno en el otro. Es la experiencia del pasado que se ha desplegado entre los ecos persistentes que rodean y les dan forma a las ruinas, a las municiones estalladas sobre cuerpos y edificios propagándose la voz de la autoridad bestial, de gorilas con corbata y uniforme, los de ayer y de hoy en una secuencia heredada, una huella transgeneracional en el orden social de un país reconquistado. El lastre patronal que campeo por siglos, que vio el ascenso de la organización popular durante el siglo XX volvió con la fuerza de la reacción que propaga su barbarie en un eco persistente, más aún cuando se exponen las contradicciones en una sociedad al calor del fuego de barricadas que florecen en las distintas ciudades desde el 18 de octubre del año 2019 y que hasta hoy día, con pretexto de la pandemia y la retórica del orden público pululan militares y policías exponiendo sus armas, sus vehículos y la potestad de la autoridad que restringe y autoriza la circulación en el espacio público.
La década de los noventa avanzó con el optimismo infantil de quién se libera del control paternal, el dictador cedió espacio frente a un pueblo desdibujado, separado y religado con la conducción de los partidos políticos agrupados en una coalición que se desentendió de sectores políticos rebeldes, asumiendo una madurez política que excluiría la ignorancia y prácticas desactualizadas para avanzar en el noble empeño de ponernos de acuerdo, de llegar a consensos para los acuerdos mínimos que permitirían sacar a Chile de las tinieblas, del horror. Los acuerdos suponen contrapartes que establecen el diálogo sobre una mesa donde no se sientan todos, es al mismo tiempo una clausura que ensombrece otras voces que no se comportarían con la civilidad exigida para desplegar los juicios razonables. Sobre la mesa quedó una urna, el papel y el lápiz para la liturgia que marcaría el rito de paso, el sacramento que permitiría la normalización de una democracia a la medida del diseño institucional decantado en los largos años de la dictadura. Bajo la mesa quedaron cicatrices, voluntades y cuerpos malogrados, mientras los torturadores se paseaban alrededor de la mesa entre festejos por la labor cumplida.
La bestialidad vestía traje y corbata, corrían los ochentas, una década inaugurada con la definición de la norma y la institución que vino a cerrar el círculo de la barbarie travestida en ley. Un manto perfectamente hilvanado se desplegó en todo el territorio y en la extensión del Estado de Derecho. La lienza quedó anudada esperando que el progresismo renovado atraviese el vacío de la circunferencia que ensoga la historia y se precipita el término del siglo veinte. Las esquirlas de los setenta y la belicosidad de la violencia primitiva fueron encegueciendo los nudos y extremando la fricción de los extremos que asfixiaron la vida. Así, avanzamos las décadas somnolientas que marcaron el presente, el festejo de la democracia recuperada se sostiene sobre grietas y fracturas que fueron poco a poco profundizándose. La violencia que cerró el ascenso del mundo popular en sus ejercicios de soberanía terminó inscribiéndose como la condición de posibilidad de los acuerdos que traficaron con la impunidad que sigue galopante entre las instituciones y las leyes. El tiempo se ha prolongado, las circunstancias vividas coexisten con el pasado doloroso y el presente se extiende por decenas de años. El bulto que cae del vehículo policial es la repetición del terrorismo de estado que se reproduce infatigablemente hasta provocar el acostumbramiento, es el pasado otra vez, es un tiempo que no se ha ido.