En un lugar existe un reinado. Dentro de él, una república. Entre ellos una
frontera. En la república circulan acuerdos y fiestas. Sobre una tarima los vítores
abundan en un festival sin fin. En la frontera golpean, cercenan y dejan cadáveres
imperfectos repartidos como piedras en la ribera de un rio. En el reinado
acumulan los impuestos mientras la vida se explota en los jardines del palacio,
en tierras abonadas de cuerpos jóvenes. En el festival celebran la democracia
en una propiedad privada, cercada y custodiada para su seguridad. Ahí se
microfonea la declamación, el discurso y la música que se repite en el eco que
rebota entre los muros. Mientras tanto en el reinado siguen con la recaudación
y los trabajos de jardinería. De un momento a otro, intempestivamente, todo
quedo a oscuras y en silencio. La fiesta se detuvo. Juan Esperpento, sin que lo vieran, había cortado
los cables de la electricidad y entre la gente salió silbando
una de las canciones que mas le gustaba.