La vida con otros plantea una serie de exigencias prácticas sobre la vida
común que repetimos incansablemente hasta en la fatiga del andar anciano. La
espontaneidad, aprendizajes heredados y la exposición a la sanción o el
beneplácito van jaloneando el andar entre los días sobre los que transita la
experiencia de vivir junto a otros. El asombro y la curiosidad de la atención
sobre estos aspectos presenta ruidos y multiplicidad de señales que nos indican
lo que existe, aquellos que asumimos y enfrentamos sin dudar su existencia. Una
expresión difusa que en un suspiro la hacemos verdadera, como si brillara una
superficie opaca, donde no es posible la distinción entre el origen del fuego y
el calor que de él se proyecta. El vértigo en el desliz de la trayectoria de
los cuerpos apura el juicio que trasunta el pensamiento en el eco de la
costumbre, del decir ya dicho que resuena con voz ronca sobre la forma de las
cosas. El pensar se extiende en una realidad invariable, sostenida entre
depositarios que replicando la estrechez de las formas van esculpiendo los
límites de los probable. Espesura que cae sobre conciencias limitadas en la
urgencia de la vida sin demora, en la rutina ajena del presente, en la
actualidad de lo vigente y la belleza travestida en la infamia de lo correcto.
El aliento que suspira en la oreja, La sanción de una autoridad implacable y la
exaltación de la voluntad servil palidece el pensamiento propio. La asfixia
constriñe la aleatoriedad del caos, hasta que el un último respiro en la
sobrevivencia, llena los pulmones de aquello que es nuestro pie forzado.
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