El palo al fuego, la piedra al paco.
El
palo al fuego, la piedra al milico.
El
palo al fuego, la piedra al gobierno.
Peñascos
y camotes a los despreciables,
esos
que apuntan sus armas
y
sostienen sus botas sobre el cuerpo del pueblo.
De
sus condecoraciones cuelgan cadáveres
cuerpos
asesinados
ayer
que se extiende al presente
en
una democracia maldita.
Los
custodios en sus cargos
reparten
las migajas, los mandatos
la
mordaza para silenciar la muerte y la tortura.
La
inteligencia se cae a pedazos
los
especialistas se estrellan unos con otros.
Las
mesas de expertos reposan inofensivas en una caja negra,
en
un espacio cerrado
ignorando
la historia en una danza de pistolas largas.
Se
siembra la desconfianza en el fuego,
extinguen
la creatividad en los pasos de la normalización,
intereses
mezquinos,
ilustración
trasnochada.
Grilletes
para un espíritu fugitivo
mientras
las metrallas aún suenan.
La
unidad abstracta opaca la subversión,
la
arroja en un festejo simulado,
en
los triunfos flotantes,
en
la superficie de las contracciones que aún sangran.
El
paco al fuego, el palo al árbol.
El
milico al fuego, el palo al árbol.
El gobierno al fuego, el palo al árbol.
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